Rey eterno del universo

4 de octubre de 2021  •  Lectura: 8 min.
Imagen: Natural History Museum, Londres

Mi título para estos párrafos viene de una antigua bendición rabínica, Bendito tú, Señor Dios nuestro, rey eterno. Las últimas dos palabras admiten otra traducción: rey del universo. Se indica así la extensión ilimitada, infinita, de la autoridad y gobierno del Señor sobre toda la creación. Infinita en alcance: desde la partícula subatómica más pequeña que exista, hasta la inmensidad que abarca todas las galaxias del universo. Infinita también en tiempo: desde el instante más insignificante, hasta todo lo abarcado entre el big bang y el último final.

He leído hace poco el libro de Rebecca Wragg Sykes, Neandertales. La vida, el amor, la muerte y el arte de nuestros primos lejanos (GeoPlaneta, 2021). Para mi sorpresa, después de relatar con rigor científico el avance del estudio y los descubrimientos acerca de los neandertales, en el último párrafo del libro la autora consiguió arrancarme un lagrimón. (Ya antes, en otros puntos, había intercalado ella algunos párrafos líricos imaginando la vida neandertal.)

Nos propone, en ese último párrafo, imaginarnos sentados cogidos de la mano con una persona de esta otra modalidad de ser humanos —una persona plenamente humana aunque diferente a nosotros como lo sería un león de un tigre— contemplando el futuro desde hace decenas de miles de años. Un futuro donde nosotros sobreviviremos pero ellos no. (Aunque sí sobreviven, en efecto, en nuestro ADN, por los diversos episodios de cruce; como si todos los leones llevasen en el ADN el rastro de lejanos cruces con tigres.) Esa idea del tacto, cogidos de la mano, con una persona tan humana pero tan diferente, me comunicó una tristeza enorme; como es triste toda muerte humana, pero llevada aquí a la extinción de toda una rama de la humanidad.

No soy antropólogo ni paleontólogo ni científico. Leo sobre este tipo de cosa con el interés de un aficionado a la lectura, sin criterios ni conocimientos propios para evaluar si lo que me proponen se tiene en pie o no. Lo que soy es cristiano creyente y practicante; y lo que sí he estudiado toda la vida es la Biblia. Así que por esta vía personal de intereses, tiendo a revertir a relacionar lo que he leído aquí con diferentes temas que figuran en estos textos sagrados de los cristianos. A esta relación —entre este libro leído y la Biblia— dedico los párrafos a continuación.

El tema de la Biblia se podría resumir, en principio, a las consecuencias que derivan de la elección de Abrahán hace unos 3.500 años: la elección del pueblo de Israel, que se resuelve en la llegada del Mesías, Jesús, en quien la salvación se extiende a toda la humanidad.

Durante muchos siglos se pudo ignorar lo extraordinariamente «moderno» que es este planteamiento. Su «historia de la humanidad» arranca con hechos relativamente recientes en comparación con la antigüedad de la existencia humana. Ignorando esto, uno de los principales argumentos del judaísmo ante las autoridades romanas, fue que su religión era extraordinariamente antigua, que no una secta de cuña reciente.

Esto fue posible porque en aquel entonces no se sabía que cuando vivió Abrahán, las pirámides de Egipto eran ya ruinas con más que mil años de antigüedad. Que habían pasado más siglos entre el auge de la civilización sumeria y Abrahán, que entre Abrahán y nosotros. Ni qué hablar, entonces, de la ignorancia absoluta que existió hasta hace bien poco, de las muchas decenas de miles de años de prehistoria, la vasta extensión de tiempo cuando el ser humano vivió apañando con herramientas de piedra, madera y hueso. Y por supuesto la imposibilidad de conocer que habían existido hace cientos de miles de años otras formas de ser humanos, especies enteras hoy extintas, cuya humanidad y parentesco con nosotros ahora empezamos a descubrir y reconocer.

El Dios de todo ser humano

La extraordinaria antigüedad de la humanidad, sin embargo, me impulsa a preguntarme cómo se pudo haber relacionado Dios con esas miles de generaciones sucesivas de personas anteriores a Abrahán.

El Antiguo Testamento resuelve la cuestión con relativa facilidad. Al principio el Señor fue el Dios de toda la humanidad y hablaba con ellos con naturalidad, según se desprende de sus diálogos imaginados con Adán, con Caín, Enoc, Noé, etc. Sin embargo la humanidad se rebeló contra Dios, haciéndose digna de exterminio. Entonces Dios se desentendió de ellos y los borró de la tierra. Y así se entiende que en los albores de Israel, los cananeos se considerasen también dignos de exterminio. Dignos de exterminio no por rebeldía contra el Señor, sino por el hecho de nunca haber conocido al Señor y por eso adorar a otros dioses. Toda la humanidad anterior a Abrahán fue entonces exterminable sin contemplaciones ni compunción, como también lo son todos los contemporáneos de Israel que no adoran al Señor. Es un posicionamiento ideológico que a lo que más recuerda hoy día, es al extremismo islámico yihadista.

En el Nuevo Testamento Pablo matiza bastante la cuestión. Avanza notablemente en cuanto a sensibilidad del problema que supone condenar a la gente por no haber tenido oportunidad de conocer a Dios. En los primeros capítulos de Romanos, Pablo aporta una idea diferente. Aquí la condena en que caemos todos no es por ignorancia, sino por desobedecer la ley de la conciencia personal de cada individuo. Aunque no supiéramos que pecamos contra Dios, sí sabemos que pecamos contra nuestra conciencia; con lo que cada cual se condena a sí mismo.

En su prédica ante el areópago ateniense, Pablo avanza otro paso más. Dice que hasta ahora Dios hubo pasado por alto la rebeldía de la humanidad. Pero ahora, mostrándose por fin en la persona de su Hijo, Jesús, se acaba ese período de gracia, de vista gorda ante los pecados de la humanidad. Ahora para ser salvo —para no sufrir las consecuencias nefastas y eternas del pecado— hay que aceptar a Jesús como Señor y Dios.

Para recomendar la fe cristiana a los gentiles del mundo grecorromano, entonces, Pablo prefiere ignorar la cuestión engorrosa del diluvio universal y el genocidio a los cananeos, y predicar la naturaleza perdonadora de Dios cuando se encuentra con la ignorancia humana, sin desdoro de su justicia allí donde hay conocimiento. En cualquier caso esa ignorancia queda remediada ahora, con el anuncio del evangelio.

Lo que quedaría por establecer es cuándo finaliza el período de gracia y manga ancha ante la ignorancia.

Sospecho que se suele opinar que eso se acabó en la generación apostólica, de una vez por todas. Pero sería quizá más lógico y proporcionado imaginar que ese «ahora» es subjetivo, sucediendo para cada individuo en el momento cuando alcanza a conocer y comprender el evangelio y sin embargo lo rechaza. Todas aquellas personas que a pesar de que hayan pasado miles de años desde Jesús, sin embargo ni conocen ni comprenden el evangelio y por consiguiente no lo han rechazado conscientemente y a sabiendas, seguirían amparados por la manga ancha del Señor. (Aunque sujetos, a tenor de Romanos, al juicio de «la ley» de su propia conciencia personal.)

Dejando ese hilo en este punto, quisiera seguir ahora otro.

El Señor del infinito

Los autores de la Biblia no tenían cómo ni por qué saber que hubo existido otras especies humanas antes de que quedase en pie solamente la nuestra, homo sapiens. No tenían cómo saberlo, por carecer de las herramientas modernas de investigación paleoantropológica. No tenían por qué saberlo, por cuanto la revelación de Dios a los autores de la Biblia tiene como finalidad única instruirnos cómo vivir hoy, amando y adorando a Dios de todo corazón y tratando al prójimo con respeto y bondad.

Sin embargo hay esbozos de un reconocimiento de que por cuanto este Ser infinitamente supremo a quien adoramos es el Creador y Sustentador de todo lo que existe y subsiste, entonces su ámbito de interés y atención divina es también infinito y no excluye ningún detalle.

Lo tenemos en los primeros capítulos de Génesis que plantean al Señor como Dios de toda la humanidad —no solamente Israel—; pero también como Creador de los cielos y la tierra y todo lo que en ellos hay.

El Salmo 150 ordena: «Todo lo que respira alabe al Señor». El Salmo 148 va más allá. Instruye alabar a Dios, a un amplísimo catálogo de seres creados, animados e inanimados: ángeles, ejércitos celestiales, sol, luna, estrellas; monstruos marinos, abismos, fuego, granizo, nieve, bruma, viento tempestuoso, montes, colinas, árboles, fieras y ganado; y seres humanos de todo rango social.

A lo largo del libro de Job tenemos el intensísimo «diálogo de sordos» entre Job y sus amigos. Ellos defienden la justicia de Dios y por consiguiente acusan a Job de pecador. Pero Job se sabe justo y apela a que Dios le dé explicaciones por su infortunio. Al final Dios responde, pero no para contestar las quejas particulares de Job. Lo que hace es hacerle ver la inmensidad de las responsabilidades e intereses de Dios. «¿Dónde estabas tú cuando yo…?» El discurso de Dios cerca del fin del libro de Job menciona inmensos monstruos mitológicos, además de todo un amplio abanico de animales que Dios guía y con los que se entretiene.

El «¿Qué hay de lo mío?» con que los seres humanos nos presentamos continuamente ante el Señor se manifiesta entonces trivial, frívolo, intrascendente —aunque a cada uno de nosotros nos parezca de primerísima importancia—.

Así que Job acaba reconociendo su pequeñez personal, y la falta absoluta de importancia que tienen todas sus tragedias, sufrimientos y preocupaciones.

Lo asombroso no es que a veces toca sufrir. Lo escandalosamente revolucionario es que el mismo Dios que atiende a tantísima infinidad de cuestiones y seres creados a lo ancho de todo el universo, y en el sin principio ni fin del tiempo, se ocupe sin embargo de nosotros para acercarnos el calor de su Presencia y su amor divino. Que nos adopte como hijos y derrame en nosotros su Espíritu Santo y la gracia de su acompañamiento a lo largo de la vida. Acompañamiento en nuestros triunfos y felicidad, sí, pero no menos cercanía y consuelo y fortaleza en nuestras derrotas y hundimiento personal.

Quiero imaginar que en algún nivel, aunque seguramente sin conocerlo por su Nombre, los neandertales y otras especies humanas largo tiempo ha desaparecidos de este planeta, sintieron también ese mismo calor interior, esa misma Presencia consoladora, ese mismo Soplo divino que impulsa a la bondad y el amor y el perdón. Que decenas y cientos de miles de años antes de Abrahán, nuestro Dios lo fuera también de ellos.

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