Invadir un país vecino

16 de marzo de 2022 • Lectura: 5 min.

Hace unos meses desde la última vez que escribí algo para este blog, y supongo que debo una explicación a los lectores. Al cabo de más de una docena de libros y cientos de artículos que he escrito a lo largo de medio siglo, tengo la impresión de que ya me queda muy poco o nada que añadir a lo ya dicho. Me parece que últimamente me repito bastante en los conceptos que comparto, y que tal vez toca ya a otros aportar otras cosas al diálogo entre los cristianos.

Sin embargo, no voy a dejar de escribir si hay circunstancias especiales o en algún momento se me ocurre algo que me parece digno de compartir. Esto que escribo a continuación lo he dicho en diversas oportunidades y de diversas maneras a lo largo de los años, pero en este momento vuelve a ocupar mis pensamientos.

Se trata de la historia bíblica del soberano de una nación a quien su propio país le parece demasiado pequeño, demasiado poca cosa, que se siente motivado a invadir un país vecino para ensanchar el territorio que domina.

No es un gobernante sino un dictador, un tirano. Es decir que no pretende gobernar para traer justicia y bienestar a la ciudadanía. Lo que pretende es ampliar su propio dominio sobre el prójimo, enriquecerse personalmente, distribuir a dedo entre sus adeptos incondicionales las riquezas a su disposición. Lo que le motiva es ser adulado, temido por multitudes, tal vez odiado por todo el mundo pero desde luego nunca ignorado.

En la persecución de esas metas de «gloria» personal la vida del prójimo, la vida de multitudes de víctimas de su tiranía, le parece un precio no solo asumible sino hasta deseable. No pretende ser amado sino temido. O si «amado», sería como se suele «amar» a los dioses: una adulación efusiva motivada por el terror a ser aplastados.

Por sus crímenes de lesa humanidad, por su maldad ilimitada, por lo malignas que son sus políticas, merece ser vilipendiado por todo el mundo a lo largo de toda la historia posterior.

Sin embargo la historia suele recordar a los tiranos más malvados con motes como «Magno» —Alejandro Magno, Carlomagno— o «el Grande» —Herodes el Grande—. Tal vez, en son de admiración, como «el Terrible» —Iván el Terrible—. O incluso como «el Santo», tal el caso de Constantino el Grande según la tradición cristiana ortodoxa.

La divisoria entre «grandeza» admirable y criminalidad indeseable parece que se establece según la inmensidad de los crímenes de lesa humanidad. Los asesinos de poca monta son despreciados. Pero existe cierta admiración perdurable en torno a la figura de Napoleón Bonaparte, por ejemplo, porque consiguió imponerse en casi toda Europa y colonias de ultramar. Hitler fue otra figura de estatura parecida, y sería interesante saber si dentro de uno o dos siglos no será tal vez admirado como visionario de la unidad europea bajo dominio alemán. Sospecho sin embargo que no; un criterio importante parece ser la capacidad de un tirano para imponer y hacer prevalecer su visión del mundo. Algo que Hitler no consiguió, aunque Napoleón tal vez sí en cierta medida.

El rey David consiguió establecerse con honra en la historia de la humanidad, gracias a que «la prensa» de su día lo consagró como fundador del culto y los salmos en Jerusalén, y como «mesías» (ungido) del Señor Dios de Israel. Es curioso que los relatos bíblicos no se inhiben de relatar detalladamente la multitud de sus crímenes de lesa humanidad, de genocidio —los numerosísimos civiles muertos que dejó por donde pasó—, reducir a esclavitud la población de ciudades enteras.

Desestimadas, ninguneadas sus víctimas como «extranjeros incircuncisos», hasta el día de hoy hay gente que se considera muy moral y religiosa, que sin embargo admira sin vergüenza al rey David como luminaria de espiritualidad encomiable.

A mí esto siempre me ha escandalizado. Nunca deja de dejarme atónito cómo la gente aparta de su mente cualquier tipo de escrúpulo o criterio moral cuando lee la Biblia. El único pecado que se le reprocha a David es el de mandar matar a uno de sus generales para quedarse con su esposa. Sus pecados en la intimidad familiar parece que pesan mucho más que lo que hizo, por ejemplo, con la población de Moab:

Derrotó a Moab y los midió con una cuerda, acostados sobre la tierra. Dos cuerdas a muerte, una cuerda a vida. Así dominó David a Moab y le traían tributo (2 Sam 8,2).

¡Admirable forma y muy espiritual, por lo visto, de matar a dos tercios de la población derrotada —combatientes y civiles, hombres y mujeres, ancianos y niños— y a los demás obligarlos a mantener el fausto de la corte en Jerusalén! Un solo ejemplo entre los que cuenta la Biblia, de la conducta extraordinariamente despiadada del rey David cuando se disponía a anexionar países vecinos.

Pero si hoy consideramos que anexionar países vecinos no es aceptable, entonces habrá que revisar la historia de la humanidad para reflexionar que está plagada de crímenes inaceptables, que no tenemos por qué admirar; de tiranos despiadados que no tenemos por qué alabar con motes como «el Grande». Entre ellos, por supuesto, David.

Porque al leer y ver las noticias de la guerra en Ucrania, yo no puedo menos que recordar con horror la carrera de expansionismo militar emprendida por David. Y no hay ningún reproche que se me ocurre sobre Putin, que no haya pensado ya mil veces sobre el fundador de la dinastía de Jerusalén.

La moral o se aplica con un mismo criterio a todo el mundo, o es cinismo desalmado, puro capricho a conveniencia.

Las historias bíblicas son muchas de ellas de una crueldad tan espantosa, de una maldad tan inmensa en nombre de la religión, que no deberían nunca dejar de pasmarnos.

La utilización de la religión para justificar malignidad diabólica es una de las cosas que, observándolas en la Biblia, deben aleccionar a todo creyente. No sea que nosotros también caigamos en justificarnos en nuestra maldad apelando a la religión, aduciendo espiritualidad o mandamientos divinos; por considerarnos «elegidos» de Dios.

7 comentarios en «Invadir un país vecino»

  1. Muchas gracias por tu comentario, apreciado Dionisio, que comparto plenamente. Interpretamos las Sagradas Escrituras (plural) a la luz del Mesías, Jesucristo. Eso es justamente lo que encontramos en Lucas 24 (25-27, y 44-48). Una gran lección «bíblica» que recibió aquella pareja camino a Emaús es que la derrota del imperio «malo» no viene por parte de un imperio «bueno» (con los medios y las armas de los malos) sino por el proyecto divino del Reino anunciado, parcialmente realizado, y prometido en/por Jesus.
    A la luz de Jesucristo, y además de la crítica de los Profetas fieles a las pretensiones militaristas de los reyes y guerreros de Israel, esos textos terribles no reflejan necesariamente la voluntad divina.

    Responder
  2. Entonces pareciera que no es el mismo Dios del antiguo testamento que el del nuevo, como vemos entonces el diluvio universal donde seguramente murieron también niños o la destrucción de sodoma y Gomorra donde toda la población entera fue masacrada, o que cuando en ocasiones, Dios da la orden que no dejen a nadie con vida. Porque entonces Dios dice que el se iba a buscar un Rey conforme a su corazón, hablando de David. Si puedo ver en las escrituras que Dios usa de una Nacion para castigar a otra por su maldad, inclusive a la misma nación de Israel. No pretendo yo con lo limitado que soy, decir, si algunas de estas acciones de Dios son desmedidas, ya que en su palabra, él dice que es juez justo y que nuestra justicia son como trapos de inmundicia. Sin duda sus pensamientos son más altos que los míos, no lo puedo comprender, así que me aferrare a la gracia y a la fe, y en algún momento tal vez entenderé más acerca de Dios en el Antiguo testamento. Muchas gracias hermano Dionisio por llevarnos a reflexionar. Dios le siga bendiciendo

    Responder
    • Gracias por tu comentario, Sergio. Los cristianos del siglo XXI no podemos renunciar a ningún texto de la Biblia, pero no escribimos la Biblia ni tampoco, seguramente, nos expresaríamos exactamente así hoy, miles de años después. Lo que nos toca es interpretar los textos bíblicos de tal suerte que tengan sentido en y para nuestros tiempos. Si la justicia de Dios es superior a la humana, desde luego que en ningún caso puede ser inferior, menos justa. He sintetizado mi interpretación de la historia bíblica en mi librito «Entre Josué y Jesús. El sentido de la historia del Antiguo Testamento» (Ediciones Biblioteca Menno, 2015, librería Amazon).

      Responder
  3. Uauuuu Dionisio, tu interpretación hecha por tierra mucho de lo que por años nos enseñó la Iglesia. Hoy comparto tu interpretación. Pregunto: Por qué entonces estan esas historias en la Biblia??. O es que la Biblia no es LA PALABRA DE DIOS…Por ahi es un libro del que se pueden sacar algunas enseñanzas y otras descartarlas.

    Responder
    • Supongo que el mejor antídoto a cómo sea que «nos enseñó la iglesia» la historia de David, es leer habitualmente la Biblia con interés y discernimiento propio. Estas historias están en la Biblia precisamente para aleccionarnos y advertirnos sobre la tendencia humana a imaginar que Dios se pone automáticamente de parte nuestra en nuestros conflictos con el prójimo, incluso nuestros conflictos internacionales. ¿Dónde, si no en esos mil años de vivir Israel en relación con Dios, íbamos a aprender estas lecciones importantes? Te invito, Daniel, a leer otras entradas en este blog mío, donde con cierta frecuencia vengo ofreciendo lecturas acaso novedosas de textos bíblicos.

      Responder
  4. Muy buena y certera reflexión. No olvidemos que en este país también hubo una «Cruzada espiritual que hizo que los ganadores de la guerra justificaran más de un millón de muertos. Donde el armamento se bendecia en el nombre de Dios y los muertos se justificaban en el mismo nombre.

    Responder

Deja un comentario