Teresa de Calcuta
«Cuando la religión produce una figura como la de Ghandi o Teresa de Calcuta en la India, o Martin Luther King Jr. en EEUU, todo el mundo, creyente y ateo por igual, celebra sus virtudes, que son inseparables de su devoción religiosa».

El aumento del rechazo de la religión
por Dionisio Byler

Hace unos días, en el rotativo estadounidense Washington Post [1], el columnista E. J. Dionne Jr. publicaba un artículo titulado «Es lógico que la religión está sufriendo un éxodo» (No wonder there’s an exodus from religión). El artículo describe lo que está sucediendo en Estados Unidos, pero sospecho que algunos de los fenómenos que tienden a aumentar el descrédito de la religión allí, operan también aquí en Europa.

Dionne cita en particular varias causas del creciente rechazo de la religión en Estados Unidos. Una es la sensación de hipocresía que suelen proyectar las personas que se declaran religiosas. Otra es la sensación de que la religión tiende a un tradicionalismo que defiende el statu quo, posicionándose en una especie de lucha permanente de retaguardia contra los cambios que se van produciendo en la sociedad y en los valores. Y en tercer lugar, se tiende a identificar la religión con políticas de derechas que, intencionadamente o no, favorecen a los ricos y poderosos.

Es entre los conocidos como millennials, la generación nacida a partir de los años 80, donde se nota más el rechazo de la religión. Dionne cita un estudio que confirma lo que bien se podría intuir: que es entre los millennials que se expresan tolerantes y abiertos sobre cuestiones de homosexualidad, que abundan especialmente los que no se identifican con ninguna religión. En general estas generaciones más jóvenes opinan que las personas religiosas son «intolerantes, homófobas, hipócritas y están demasiado politizadas».

En Estados Unidos es tal vez especialmente evidente la combinación de hipocresía, política, y privilegio de los ricos y poderosos. En las últimas elecciones presidenciales, una candidata se posicionó a favor de los derechos LGBT y el «derecho a decidir», y a favor de políticas de izquierdas que procurasen distribuir la riqueza en lugar de concentrarla en pocas manos. El otro candidato fue promovido entusiastamente por los portavoces más conocidos de la religión evangélica, como salvador de la patria frente a esas otras políticas, que rechazan. Consideraban que ese posicionamiento político del candidato conseguiría «hacer grande otra vez a América», obteniendo por supuesto la bendición de Dios. Estos predicadores evangélicos de renombre e influencia, aunque horrorizados por los defectos morales que denunciaban en el matrimonio Clinton, consideraban en cuanto a los pecados de la carne manifiestos de Trump, que había que ceñirse al evangelio del perdón y de no juzgar al prójimo.

El ejemplo reciente que cita Dionne en su artículo es que a la vez que el país era testigo de la telaraña de mentiras y justificaciones con que se rodeaba Trump en cuanto a su relación adúltera con una actriz porno, la Casa Blanca fue escenario de la proclamación de un «Día nacional de Oración». Trump tuiteaba (citando al difunto evangelista Billy Graham) que «La oración es la llave que nos abre los tesoros de la misericordia y las bendiciones de Dios». Este repentino descubrimiento de las virtudes de la oración por parte de Trump, cubría naturalmente para los predicadores evangélicos de EEUU la «multitud de pecados» de su racismo acreditado, sus numerosos episodios de abusos sexuales y misoginia, la crueldad de sus políticas contra inmigrantes y refugiados, su negacionismo respecto a los cambios climáticos, sus rebajas fiscales para los mil-millonarios y migajas presupuestarias para los pobres. Por cuanto la Casa Blanca promueve la oración, todo lo demás, parece ser, carece absolutamente de importancia.

Si bien las personas religiosas en España son esencialmente católicos, hay una presencia creciente de evangélicos y musulmanes en el país. Sospecho que aquí también existe entre las generaciones más jóvenes una opinión creciente de que tanto católicos como evangélicos como musulmanes, la gente religiosa adolece en general de estos cuatro rasgos que ellos considerarían esencialmente negativos: intolerancia, homofobia, hipocresía, y política de derechas.

Dionne se lamenta de que: «Lo que más fastidia en todo esto es que la religión tiene mucho de positivo —para los jóvenes tanto como para cualquier otro— si se considera su papel histórico como acicate al cambio personal y social, el hecho de que a lo largo de los siglos han surgido movimientos a favor de la justicia cuya inspiración dimana de las palabras del Éxodo, de Miqueas, Isaías, Amós y Jesús».

Al final del artículo Dionne se pregunta: «¿Cuándo se darán cuenta los que se presentan a sí mismos como amigos de la religión, que pueden ellos perjudicar muchísimo más la fe, que la suma de todos los ateos y agnósticos?».

En cuanto a España, a mí siempre me ha llamado la atención la envidia malsana evidente en el pueblo evangélico, de la posición de poder e influencia que ha gozado el clero católico en la sociedad española. En lugar de un planteamiento radical, de que la religión y las políticas del poder y la influencia desde posiciones de privilegio son un contubernio infeliz, que no puede más que perjudicar las libertades y derechos de los ciudadanos, lo que desean es equiparar la influencia y el poder de las iglesias evangélicas al privilegio que ha gozado históricamente el clero católico.

Observo que la prensa evangélica española tiende a celebrar el auge de políticos evangélicos cuando aparecen en diversos países iberoamericanos, como algo positivo. Tienden a celebrar también la influencia de las iglesias evangélicas en la política de EEUU, sin que parezca importar la intolerancia e hipocresía que adolecen, como acabamos de ver.

Dan la impresión de no haber sabido aprender de la historia: el abandono desastroso de los valores de Jesús de Nazaret que sufrió la religión cristiana cuando fue adoptada y adaptada como culto imperial romano. El legado siniestro de las cruzadas medievales en el Oriente Próximo y Medio, cuyo efecto negativo lastra de violencia y horror esa parte del mundo hasta el día de hoy. Las torturas, sambenitos y autos de fe de la Inquisición. Las terribles guerras de la religión en los siglos XVI y XVII entre católicos y protestantes, a veces guerras igualmente terribles entre facciones protestantes como en Inglaterra. Guerras fratricidas en el siglo XVII que explican el rechazo de la religión entre los intelectuales de la Ilustración en el siglo XVIII.

Cuando la religión produce una figura como la de Ghandi o Teresa de Calcuta en la India, o Martin Luther King Jr. en EEUU, todo el mundo, creyente y ateo por igual, celebra sus virtudes, que son inseparables de su devoción religiosa. Así como todo el mundo considera que Jesús de Nazaret, un pobre marginado galileo, vilmente ejecutado por el Imperio Romano con los aplausos del clero de Jerusalén, fue un hombre excepcional, digno de imitar.

Al final, los problemas que tiene el mundo con la religión no son por sus postulados de fe. Todo el mundo cree en algo, aunque profesen ser ateos o agnósticos. Las supersticiones y fantasías más absurdas hallan siempre quién las profese. El problema que tiene el mundo con la religión es que sus adeptos se retratan tantas veces como intolerantes, hipócritas, contrarios a la libertad personal para elegir cada cual su propia identidad y camino en la vida, dispuestos a apoyar políticas de represión y enriquecimiento de unos pocos a la vez que empobrecimiento brutal de las masas.

De todos estos pecados de la gente religiosa, seguramente el de la hipocresía es el que más barreras levanta contra la religión. La juventud tiene una especie de sexto sentido para darse cuenta cuando sus mayores dicen una cosa y hacen otra, cuando juzgan al prójimo con un rasero y se perdonan a sí mismos con otro. La juventud —y el mundo entero— se merecen un testimonio mucho más limpio de lo que aporta la devoción religiosa a nuestras vidas.


1. Washington Post, 6 de mayo de 2018