Por qué los evangélicos de EEUU apoyan a Trump

23 de junio de 2020  •  Lectura: 7 min.

Reseña del libro: UNHOLY. Why White Evangelicals Worship at the Altar of Donald Trump, por Sarah Posner (New York: Random House, 2020). No disponible en español. El título sería algo así como: «IMPÍO. Por qué los evangélicos blancos rinden culto ante el altar de Donald Trump».

En primer lugar, tengo que rogar disculpas por escribir esta reseña de un libro que solo está disponible en inglés. Acaba de aparecer en mayo, así que es pronto para una traducción. Tal vez se traduzca si Trump gana las elecciones de noviembre de 2020; de lo contrario, la cuestión de Trump y su relación con los evangélicos blancos de EEUU perderá bastante interés.

Sarah Posner es una reportera estadounidense que ha escrito sobre cuestiones de religión para una larga lista de publicaciones en EEUU e Inglaterra. Su interés como periodista tiende a la interacción entre religión y política. Este es su segundo libro.

He leído este libro con una sensación de iluminación y comprensión. Por fin tengo la sensación de empezar a entender cómo es que alguien como Donald Trump, cuya moral personal y cuyas políticas parecen tan contrarias al mensaje del evangelio, tiene entre los evangélicos blancos su mayor proporción de votantes. No podía entender como alguien tan impío —por valerme de una palabra del título de este libro— podía sin embargo ser objeto de tan ferviente admiración entre los evangélicos.

Después de leer este libro, aunque sigo discrepando, por lo menos tengo la impresión de entender. Y entender al prójimo, aunque sea para discrepar, me parece siempre necesario. Lo que visto desde fuera parece incoherencia e hipocresía, impiedad con piel de santidad, quizá hasta estupidez, entiendo ahora que para ellos es coherente y fiel a los planes de Dios para la nación americana. Sigo sin estar de acuerdo, pero ahora me es por lo menos más fácil respetar la integridad con que sostienen sus ideas.

El título es seguramente lo más agresivo y menos comedido del libro. Da la impresión de haber sido sugerido por la editorial por cuestiones de mercadotecnia, en imitación del estilo insultante y provocador del propio Trump en sus declaraciones.

Todo lo contrario de ese estilo, este libro manifiesta un trabajo concienzudo de investigación rigurosa y hechos contrastados, como se espera de una periodista responsable. Resulta más o menos difícil de leer por eso mismo. Son tantas las personas mencionadas y es tanta la documentación citada, que la lectura se vuelve a veces pesada. La autora parece haber decidido que frente a las ocurrencias del momento y las pullas sin fundamento que caracterizan a Donald Trump, la mejor respuesta era exagerar el rigor de la investigación periodística.

La confluencia de dos corrientes diferentes

Ella ve en Donald Trump la confluencia de dos corrientes que en principio eran dispares.

Por una parte, traza la historia de la extrema derecha política en EEUU, desde el aislacionismo y America First de los años previos a la 2ª Guerra Mundial. Cuando el auge del fascismo en Europa, el antisemitismo de Hitler suscitaba simpatías en algunos sectores de la sociedad americana. El antisemitismo no ha desaparecido en Estados Unidos; y esa derecha neonazi resulta, en ese sentido, una aliada extrañísima de la extrema derecha evangélica, adscrita incondicionalmente al sionismo.

Muchos periodistas han señalado los ecos, en el discurso de Trump, de aquel aislacionismo americano simpatizante con el fascismo europeo de los años 30 y 40. Lo que hace Posner, sin embargo, es narrar la continuidad que ha tenido ese sentimiento en la extrema derecha de EEUU hasta hoy.

Durante décadas la política exterior americana fomentó en todo el mundo los ideales de la democracia liberal. Esto, y asumir demasiados compromisos humanitarios a lo ancho del mundo, supone según esa derecha americana un grave error. Consideran que ha distraído al país de levantar las barreras necesarias contra los avances de judíos y negros, hispanos, asiáticos y demás inmigrantes no europeos. La consecuencia es inevitable: el declive de la raza blanca. Pero según ellos el declive de esta raza, que consideran superior, ha supuesto inevitablemente el declive de la nación.

La otra corriente que confluye en el auge de Trump —siempre según Posner en este libro— es la extrema derecha evangélica.

Esta también viene de lejos. Sus raíces seguramente vienen ya desde la Guerra Civil de Estados Unidos a mediados del siglo XIX. Lo que se conoce hoy como «el cinturón de la Biblia» coincide más o menos con los territorios esclavistas, donde se consideraba que cuestionar la institución de la esclavitud equivalía a rechazar la Biblia. Señalaban la existencia de esclavos en ambos Testamentos, que culmina con la intervención expresa del apóstol Pablo para devolver a Filemón su esclavo huido Onésimo. Si la esclavitud es inmoral, alegaban, entonces la propia Biblia es inmoral. Estaban dispuestos, entonces, según se entendían a sí mismos, a verter su sangre en guerra civil para defender la Biblia.

Al perder esa guerra y ver emancipados los esclavos de América, el sentimiento evangélico se volvió resentido y suspicaz. Tal vez los negros no fueran ya esclavos, pero había que mantenerlos «en su lugar», separados, pobres, asustados. Era imposibles asimilarlos al proyecto de Dios, de hacer de Estados Unidos un nuevo Israel, una «ciudad resplandeciente asentada sobre un monte». (La cita de Jesús viene del presidente Reagan, que añadió el adjetivo «resplandeciente».)

Cuando a mediados del siglo pasado la Corte Suprema de EEUU declaró el fin de la segregación racial en las escuelas, esta extrema derecha evangélica reaccionó abriendo escuelas privadas. Y desde entonces, han planteado su derecho a mandar a sus hijos (blancos) a esas escuelas, como exigencia del derecho constitucional a practicar su religión.

Defensa de la familia tradicional

Los cambios sociales en cuanto a lo que es considerado aceptable en Estados Unidos, no se detuvieron con el fin de la segregación racial. Afectan también a la discriminación contra personas con otras formas de entender la reproducción y la sexualidad. Aquí hubo una asimilación de las creencias evangélicas, a lo que venía siendo considerado «un tema que solo interesa a católicos»: el aborto.

Los evangélicos venían aceptando el divorcio, por lo menos cuando se alegaba adulterio; y defendían el recurso al aborto en determinadas circunstancias. Ambas cosas, el divorcio y el aborto, eran tabú absoluto para los católicos. Estos al final consiguieron sumar el sentimiento religioso evangélico a su campaña para abolir el aborto. No tuvieron el mismo éxito en cuanto al divorcio.

Ya a partir de los años 70, entonces, la derecha evangélica viene siendo tan antiabortista como los católicos. Entre tanto ambas tradiciones, la católica y la evangélica, coincidían también en su rechazo furibundo de las relaciones homosexuales y lesbianas.

Aquí se empieza a entender la confluencia de la derecha neofascista americana y la derecha antiabortista y anti-LGTBI evangélica. Para que la raza blanca pudiera mantener su supremacía en el país, además de mantener sumisos a los negros y cerrar las fronteras a la inmigración, hacía falta que las familias blancas tuvieran muchos hijos. Para unos, el aborto y la homosexualidad eran abominaciones terribles, contrarias a Dios. Para otros, señalaban el declive de la raza superior. La argumentación era diferente, pero coincidían en rechazar las mismas cosas.

Dios levanta un «hombre fuerte»

Y coincidían en la receta para devolver la grandeza a Estados Unidos.

Esa receta era que surgiera un «hombre fuerte» como Putin en Rusia, Orbán en Hungría, y otros autócratas por el estilo a lo ancho del mundo. Alguien dispuesto a «decir las cosas como son» y saltarse insultantemente lo «políticamente correcto». Alguien dispuesto a diluir el poder judicial nombrando jueces afines a su pensamiento, a diluir el poder del parlamento con un partido personalista de fieles incondicionales, y a diluir la separación entre iglesia y estado. Alguien dispuesto a devolver a Estados Unidos su grandeza perdida.

No grandeza en derechos humanos, desde luego, salvo el derecho a practicar un cristianismo tradicionalista. Derecho, este, que incluye el derecho a vociferar contra cualquier otra expresión religiosa. Para ellos la grandeza perdida de América se encontraba en su fidelidad al llamamiento divino desde sus raíces como nación cristiana. Para recuperar esa grandeza, la fe evangélica tenía que llegar al poder. Y había que acabar con el aborto, con la inmoralidad LGTBI, y con ese «socialismo» nefasto que consiste en repartir derechos a quienes no los merecen.

Donald Trump no provocó todo esto. Fue el hombre del momento, que surgió cuando todo esto hubo por fin madurado.

Obtuvo la bendición de pastores y profetas evangélicos que venían clamando que el Señor levantara una figura mesiánica para devolver su grandeza a la nación. Al principio recelaron un poco de él por su deficiencia moral que es imposible esconder ni disimular. Luego reflexionaron que ni David ni Salomón fueron tampoco perfectos. De lo que nunca recelaron fue el racismo que Trump jamás ha disimulado. Hasta hoy, estos pastores y profetas evangélicos oran continuamente por Trump, que Dios le siga dando sabiduría y gracia frente a toda oposición diabólica. Le imponen reiteradamente las manos para que reciba la necesaria unción conforme a la enormidad de la tarea que el Señor le ha encomendado.

Y tienen motivos de sobra para pensar que está cumpliendo.

Comprensión y respeto

Los evangélicos blancos en Estados Unidos se cuentan por millones. Cada uno de ellos tiene sus propias opiniones y conciencia y razonamientos particulares, suyos. No es justo imaginar que todos están hechos del mismo molde, ni siquiera todos los que votan a Trump. No son todos racistas y xenófobos, por ejemplo; aunque muchos tal vez lo sean sin darse cuenta de ello. Pero a pesar de toda esa diversidad, es posible describir, como lo hace este libro, algunos factores que influyen en el apoyo mayoritario que obtiene Trump en el pueblo evangélico blanco de EEUU.

Tengo allí parientes míos y de mi esposa, que suscriben a esta corriente de apoyo evangélico al presidente Trump. Leer este libro me ha ayudado a comprender que no son tontos ni ingenuos ni incoherentes en su forma de ver cómo actúa Dios en nuestros días. Y con la comprensión, aprende uno también a respetar la integridad personal de sus opiniones y razonamientos.

Más o menos como respetaría a un musulmán o a un ateo sus creencias, aunque sin compartirlas.


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2 comentarios en «Por qué los evangélicos de EEUU apoyan a Trump»

  1. Bravo Dennis!! por fin un norteamericano que piensa con claridad. Coincido, nos pasa lo mismo con Macri, guardando las distancias, por supuesto.
    Me complace saber que la jubilación no afecta el cerebro y la libertad en Cristo-

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