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  Nº 130
Febrero 2014
 
  Jesús

Archivo histórico
Os he llamado amigos
por John Howard Yoder (1983)

Os he llamado amigos.
                          Juan 15,15

El hombre que habla estará muerto y enterrado en veinticuatro horas.[1]  Está preparando a un pequeño círculo de sus seguidores para que puedan enfrentar la vida sin él.  Les advierte que en su vida, en el futuro, compartirán el mismo conflicto que está por costarle su vida.

Recordad las palabras que os dije:
   El siervo no es mayor que su señor.
Si me persiguieron a mí,
   también os perseguirán a vosotros;
si guardaron mi palabra,
   guardarán la vuestra también.
Pero será por causa mía que harán todo esto,
   porque no conocen a aquel que me envió.
                                                   Juan 15,20-21[2]

De manera que el motivo de la hostilidad es «no conocer».  Esto no indica solamente cierta ignorancia o falta de información.  Significa la falta de reconocimiento.  No reconocen quién ha enviado a Jesús.

Si yo no hubiera venido
   si no les hubiese hablado,
no tendrían culpa;
   pero tal como están las cosas su pecado no tiene excusa
                                                                       
(vers. 22).

¿Quiénes son «ellos»?  Estos versículos no mencionan a nadie por nombre.  No mencionan ni a los judíos ni a los romanos.  El rechazo que describe Jesús es mucho más amplio.  Dice que procede del «mundo».

Si el mundo os odia,
   recordad que antes me odió a mí.
Si pertenecieseis al mundo
   el mundo os amaría como suyos propios;
pero como no pertenecéis al mundo,
   porque mi elección os apartó del mundo,
      por eso el mundo os odia
                                     
(vers. 19).

¿Qué es «el mundo»?

¿Qué es entonces este «mundo» cuyo odio cabe esperar?  No se trata de la Tierra.  No se trata de la creación buena de Dios.  No se trata de las piedras ni de las corrientes de agua ni de la vida animal.  Tampoco se trata de «todas las personas».

La palabra griega cosmos, que se emplea aquí, podría traducirse como «el sistema»[3].  Indica la forma como encajan las cosas: las redes de intercambio y beneficio, las formas de organizarse; indica cómo la creación recalcitrante de Dios, las criaturas rebeldes de Dios, se unen para hacer el mal.  La solidaridad entre los humanos es una cosa muy buena; pero cuando la solidaridad se transforma en nacionalismo, en racismo, en egoísmo colectivo, ya no es buena.  El raciocinio humano es una cosa muy buena; pero cuando se emplea para la destrucción, ya no es bueno.

Dios hizo a sus criaturas capaces de organizarse con solidaridad.  Cuando empleamos esa capacidad para el mal, no dejan por ello de funcionar.  Lo que está mal en el mundo no es solamente una cuestión de ignorancia individual aislada ni una voluntad malvada pero aislada.  No es solamente que yo soy un pecador y tú otro, y ella también y ellos… y la suma de todos.  El mundo entero es más que la suma de sus partes.

Esta es la primera verdad seria acerca de la labor que tiene por delante el movimiento pacifista.  Lo que mató a Jesús fue un mundo.  Los hombres que se unieron para ejecutar a Jesús eran pequeños instrumentos en manos de fuerzas mucho más importantes.  Esto es lo que quiere decir donde Pablo pone:

Porque no es contra enemigos humanos
   que tenemos que luchar,
sino contra las Soberanías,
   y los Poderes donde tienen su origen
      las tinieblas de este mundo.
                                            Efesios 6,12

Todo está relacionado.  Lo que el presidente Eisenhower llamó «el complejo militar industrial» es mucho más complicado que eso.  No son sólo el Pentágono y los grandes magnates de la industria pesada.  No son sólo los bancos, los investigadores en laboratorios de universidades, los sindicatos, los partidos políticos.  Somos todos.

El «reto de la paz» no es, entonces, sencillamente cuestión de arreglar o afinar un sistema donde todas las demás partes funcionan bien.  No estamos intentando tan sólo corregir un único error en una cultura que por lo demás es adecuada.  Nos enfrentamos, antes bien, a un mal que es representativo y prototípico.  Cuando se corta un leño se encuentra un dibujo de círculos concéntricos que llamamos la «veta».  Esa veta no se encuentra sólo en el extremo de la madera; corre por toda la longitud del tronco.  Aunque sólo se vea en la extremidad, allí donde el corte la hace visible.

La carrera de armamentos es así.  Es el corte que deja ver la veta.  Y esa veta es el chovinismo nacionalista, la presuposición de superioridad moral en las personas que son como uno y el derecho a sacrificar la seguridad de otros en beneficio de nuestra propia seguridad.  La veta que recorre todo lo largo de la madera es la confianza en el poder coercitivo para que otros se ajusten a nuestra voluntad.  Si fuera posible conseguirlo con ballestas o con tirachinas y no con armas atómicas, no por ello sería moralmente más aceptable.

Pero la organización y la tecnología han multiplicado tanto lo que está en juego que ahora todos pueden ver la veta.  Todos pueden ver que el mal es sistémico.  Es por eso que cualquier táctica en particular, como una moratoria de armas nucleares, por mucho que sería un buen primer paso político, nunca sería bastante.  No fue bastante conseguir en el siglo XIX que ya no se importaran esclavos desde África.

Un error del que tenemos que curarnos es el de echar las culpas a «los malos».  El caso es que la gran mayoría de las personas que viven dentro del «sistema» no son mala gente.  No maltratan a sus esposas y niños.  Es cierto que algunos están embrutecidos; algunos son egoístas o veniales, chantajistas o estafadores; pero la mayoría de la gente no es así.  Tal vez les falte imaginación y valentía, igual que a mí.  La mayoría de las personas que hicieron que funcionara el Reich de Hitler era gente decente.  Trataban con ternura a sus hijos y pagaban sus cuentas.  Vivían según las reglas de juego y trabajaban duro.  Habría que verlos como víctimas de secuestro más que como criminales.

El segundo error que hay que evitar es el de pensar que la respuesta adecuada ante tanta maldad debe ser el odio.  Es verdad que el mundo odia a Dios y a Jesús y a sus discípulos, pero Dios no odia al mundo.  Dios ama al mundo; por eso envió a su Hijo sabiendo la violencia de que sería víctima.  En relación con esto, teniendo bien en cuenta el propósito en la mente de Dios, no hay ni puede haber ninguna distancia entre Jesús y nosotros.  Jesús amó a sus enemigos, entre los cuales estábamos nosotros; nosotros hemos de amar a nuestros enemigos.  Jesús permitió que ese amor le costase la vida.  Nosotros también podemos arriesgar las cosas que valoramos, la mayoría de las cuales valen bastante menos que la vida, por el bien de nuestros enemigos.

Jesús, enviado del Padre

Comentábamos al principio que el contexto de la cruz es lo que explica el sentido de esta Escritura.  Jesús está presente para entregarse de buena voluntad.  Dice que ha sido enviado.  Su causa es una causa ajena.  La autoridad con que actúa no es sólo suya.  El Padre respalda su elección voluntaria de entregarse.  Su voluntad es la voluntad del Padre; su intención es la del Padre.  El Dios del evangelio, ese Dios que Jesús trata de «Padre», es un pacificador, un reconciliador.

Esta verdad no es obvia.  En algunas tradiciones del cristianismo no se afirma con claridad —más bien se tiende a negar.  En algunas tradiciones del cristianismo, el Padre es severo tanto como el Hijo es benevolente.  Dios Padre es un juez que condena, mientras el Hijo es un abogado que defiende nuestra causa, o incluso un sustituto que sufre en nuestro lugar las iras del Padre.  Dios el Padre sería un patriarca, mientras Jesús sería un feminista.

Es importante corregir esa manera de entender las cosas.  Está profundamente arraigada en nuestra cultura.  Afecta directamente cómo algunos entienden la muerte y la guerra y los enemigos.  El apóstol Pablo corrige ese error al escribir:

Dios estaba en Cristo
   reconciliando con él el mundo,
      dándonos el ministerio de la reconciliación.
                                                       2 Corintios 5,19

Es verdad que Jesús tuvo que morir por nosotros.  Murió para revelar la compasión del Padre, no para apaciguar las iras del Padre.

Jesús mismo ataja ese error al decir:

Amad a vuestros enemigos,
   haced bien y prestad
      sin esperanza de devolución.
Tendréis una gran recompensa
   y seréis hijos del Altísimo [es decir, os pareceréis a Dios],
      porque Dios es bueno con los ingratos y los malvados.
                                                                       Lucas 6,35

Puede que esa sea la primera cosa que necesitamos dejar perfectamente clara.  El interés de los cristianos en la paz no es un pasatiempo opcional para algunos individuos singularmente bondadosos.  Tampoco es el producto de una manera sesgada de interpretar las presuposiciones tecnológicas de los planes que ha preparado el Pentágono para distintas eventualidades.

El interés por la paz, bien sea  judío o cristiano, es una parte del propósito de Dios para toda la eternidad.  Dios es un reconciliador por su propia naturaleza; un hacedor de shalom.  Para nosotros, participar en los propósitos pacificadores de esa clase de Dios no es sólo una cuestión de moralidad.  No es sólo política.  Es culto, doxología, adoración.

Amigos informados, no esclavos

Hay más que una única manera de que una persona haga la voluntad de otra.  Jesús distingue aquí entre dos niveles de relación.

Nadie puede tener mayor amor
   que el de entregar la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos
   si hacéis lo que os mando.
Ya no os llamaré siervos,
   porque un siervo no conoce
      los negocios de su señor.
Os llamo amigos
   porque os he revelado
      todo lo que aprendí de mi Padre.
                                               Juan 15,13ss.

Los discípulos, entonces, no se dedican solamente a obedecer órdenes.  La palabra que hemos traducido como siervo significa literalmente esclavo.  A veces se emplea ese término para describir la obediencia cristiana a Dios como Señor.  Pero la diferencia reside en que un esclavo no sabe cuáles son los fines que persigue su amo.  Sabe cuáles son sus órdenes y las obedece, pero no sabe cuál es el plan general.  No sabría explicar por qué obedecer tiene sentido lógico.  Así que cuando Jesús dice: «Os he dado el título de amigos», quiere indicar que estamos informados acerca del sentido que tienen las cosas.  Conocemos el plan de batalla   den­tro del cual nuestro servicio tiene su lógica.

El apóstol Pablo decía algo parecido en su carta a los Efesios, cuando escribió acerca del misterio divino escondido desde la antigüedad pero que ahora ha sido revelado por medio de los apóstoles y los profetas.  Tenemos el privilegio de ser conocedores de los propósitos de Dios.  No somos peones movidos de aquí para allá en un tablero cósmico de ajedrez.  Nosotros participamos en la decisión de la jugada.

Ahora podemos comprender más plenamente el peso de las afirmaciones con que empezábamos.  «El mundo os tratará como me trata a mí», dijo Jesús.  La obra de construcción de paz del creyente, donde hay conflicto, donde le toca sufrir, es una continuación de la obra de Cristo.  El apóstol Pablo dice acerca de sí mismo: «Cumplo lo que faltaba de los sufrimientos de Cristo» (Colosenses 1,25).

La carta de Juan dice:

No seáis como Caín
   que degolló a su hermano […]
Él nos enseñó el amor
   en que entregó su vida por nosotros.
      Nosotros también debemos
         entregar nuestras vidas por nuestros hermanos.

                                                              1 Juan 3,12-16

Nuestros maestros a veces han tendido a trazar una línea divisoria entre la salvación y la obediencia, separando lo que Jesús hizo por nosotros y lo que nosotros hemos de hacer por él.  Esa división es real.  Es apropiado tenerla en cuenta por determinadas razones religiosas perfectamente válidas.  Cuando el tema a debatir es si podemos salvarnos a nosotros mismos o si Dios nos debe alguna recompensa por nuestras buenas obras, esa distinción es sumamente importante.  Pero ese no es nuestro tema aquí.  Nuestro tema es cómo podemos honrar al Dios que procura la paz entre los hombres.  ¿Cómo podemos participar inteligiblemente en los propósitos de Dios, como amigos que conocemos su plan de batalla?  ¿Cómo podemos participar responsablemente y con conocimiento de causa, en el proyecto divino de traer paz a este planeta?


Notas:

1. Tema presentado el 26 de marzo, 1983, en el Franciscan Life Center, de Sylvania, Ohio (EE.UU.).  Publicado posteriormente, como He Came Preaching Peace (Scottdale: Herald, 1985), Capítulo 2.  La presente traducción (por Dionisio Byler) y difusión por internet es con permiso de Herald Press, que conserva todos los derechos. Ir a traducción del libro completo.

2. Yoder solía valerse de diversas versiones inglesas de la Biblia, citando aquí una, allí otra; y a veces creando sus propias traducciones de los textos bíblicos.  Hemos optado por traducir directamente del texto inglés de Yoder, sabiendo que si así lo desean, los lectores siempre pueden cotejar el resultado con las versiones impresas de la Biblia a su disposición.  —D.B.

3. En el inglés de EE.UU., en la época cuando escribió Yoder, el término «the system» indicaba toda la configuración económica, social, política y militar cuyo resultado era la desigualdad entre ricos y pobres, y el enfrentamiento entre el mundo capitalista y el comunista que en cualquier momento podía estallar en conflicto nuclear.  —D.B.

 

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