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Imagen y semejanza
por Antonio González

 

La afirmación del libro de Génesis, según la cual somos creados «a imagen y semejanza» de Dios es algo inusual, pero también enigmático.

La afirmación del libro de Génesis, según la cual somos creados a «imagen y semejanza» de Dios (Gen1,26) es algo inusual, pero también enigmático. Inusual, porque no todas las religiones hacen una afirmación de este tipo. El Corán, por ejemplo, nunca dice que el ser humano sea imagen y semejanza de Dios. Sin embargo, la afirmación no deja de ser extraña. ¿En qué consiste la semejanza entre el Creador y la criatura? Tradicionalmente se ha señalado el carácter espiritual del ser humano. También se ha aludido a su inteligencia o a su racionalidad. Éstos serían los caracteres que lo hacen semejante a Dios. Otros han pensado en las estatuas, con su propia imagen, que los emperadores ponían en las fronteras de sus reinos para delimitar sus propios territorios. El ser humano sería la «estatua» que señala que la creación le pertenece a Dios. Por eso, inmediatamente se nos dice, en el mismo versículo, que el ser humano está llamado a «señorear» (radah) sobre toda la creación.

Tal vez esto nos pone en una pista, en la que podemos dejar hablar al propio relato. Para alguien que, en la antigüedad, leyera el primer capítulo del Génesis, ¿dónde habría una similitud entre Dios y el ser humano? A diferencia de lo que sucede en los mitos, los dioses no son parte de la naturaleza, ni nacen en el contexto de la misma. La idea de una Creación establece una diferencia radical entre el Creador y sus criaturas. Por eso, el Dios creador no tiene que ejercer ningún tipo de violencia para llegar a ser reconocido como Señor. No hay ninguna lucha primigenia entre los dioses por el poder.El dios babilonio Marduk tenía que establecer su señorío sobre los otros dioses. En el Génesis, el Creador es Señor. El mero hecho de crear lo convierte en el Señor de sus criaturas. Incluso aunque la tierra, y las aguas, estén llamadas a producir por sí mismas nuevas criaturas, todas ellas pertenecen a Dios, que es quien ha dado a su creación la capacidad de producir nuevas realidades (Gn 1,11.20.24).

La creatividad no es, por tanto, algo que caracteriza al ser humano en exclusiva. La creación en su conjunto es capaz de crear, de manera delegada por Dios. La semejanza parece ir más bien en la línea del señorío. El ser humano es creado para gobernar la creación. Será precisamente el pecado, como se ve más adelante, a partir del capítulo tercero, el que distorsionará completamente esta responsabilidad del ser humano. Y, al hacerlo, también quedará afectado el dominio mismo de Dios. En cualquier caso, el ser humano ha sido creado para gobernar la creación, y ser así la señal del gobierno de Dios sobre todas las cosas. Y, para hacer esto, el ser humano tiene que tener algunas características que lo diferencian de todas las demás criaturas.

El valor de la libertad

Una característica es la que podemos llamar, en un sentido amplio, «libertad». El ser humano, aunque es una criatura, no ha sido creado para someterse a ninguna de las demás criaturas. Por eso, como es sabido, aquellos seres que en los mitos eran considerados como divinos, tales como el sol, la luna, los astros, etc., aparecen en el texto bíblico como meras «lumbreras», destinadas a servir al ser humano, marcando los tiempos y las estaciones. Aquí hay una conexión directa entre el Creador y su imagen. Si todas las cosas son criaturas, ninguna de ellas es divina. Y, si ninguna de ellas es divina, el ser humano no tiene que someterse a ninguna de ellas para adorarla o para servirla. Así como el Creador es libre de todas sus criaturas, porque las ha creado, así también el ser humano no ha sido creado para servir a las criaturas, sino para gobernarlas, a imagen y semejanza de Dios.

La libertad parece haber sido algo esencial para el Creador. Cuando en el capítulo tercero del Génesis aparezca la historia del pecado, el lector siempre puede preguntarse: ¿por qué Dios permite esta rebeldía? ¿Por qué Dios ha permitido todas las terribles consecuencias que la desobediencia humana parece acarrear a toda la creación? ¿No ha querido Dios una creación buena? ¿Por qué Dios no ha protegido la bondad de su creación? La respuesta posiblemente es la siguiente: la supresión de la libertad humana sería para Dios un mal mayor que todos los desastres que nuestra libertad trae sobre la creación. Dios ha preferido preservar la libertad humana, en lugar de preservar todas las cosas que esa libertad puede dañar. Dicho en otros términos: la libertad humana es para Dios un bien supremo, situado por encima de todos los bienes que Dios habría podido proteger si nos hubiera quitado la libertad.

El ser mortales nos hace parecidos a Dios, porque hace que nuestra libertad puede tomar decisiones definitivas. Un ser humano inmortal siempre estaría pudiendo revisar sus decisiones, y nunca decidiría nada para siempre.

 

Hay un aspecto donde nuestra libertad nos hace «imágenes» de Dios de una manera notable y sorprendente. Dios es eterno, y sus decretos son para siempre. La libertad humana parece ser distinta. Nosotros tomamos decisiones, no desde la eternidad y para la eternidad, sino en el tiempo. Y esto significa que nuestras decisiones son siempre revisables. Nos podemos arrepentir de lo que hemos decidido, y tomar otra decisión. Algunos incluso ven la libertad humana en este «siempre poder decidir otra cosa». Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. El ser humano, en algún momento, toma decisiones «para siempre». La muerte hace que nuestras decisiones queden en algún momento «fijadas» de forma definitiva. Estas personas, esta forma de vida, estos valores, es lo que hemos querido «para siempre». El ser mortales nos hace parecidos a Dios, porque hace que nuestra libertad puede tomar decisiones definitivas. Un ser humano inmortal siempre estaría pudiendo revisar sus decisiones, y nunca decidiría nada para siempre. Solamente nuestra mortalidad nos hace libres para poder decidir para siempre.

Y esto significa entonces que la mortalidad no es simplemente un «castigo» divino. A veces se ha presentado nuestro carácter mortal como una consecuencia de la caída. Adán habría sido creado como un ser inmortal, y la muerte física habría aparecido después, como consecuencia del pecado. Sin embargo, no está claro que esto sea lo que enseñan los textos. Hay ciertamente una amenaza «mortal» respecto al hecho de comer de los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal. Pero se trata de una amenaza de morir en el mismo día en que se coman esos frutos (Gn 2,17). Algo que después, por la misericordia de Dios, no sucede. Además se nos dice que el ser humano fue creado del polvo de la tierra (Gn 2,7). De hecho, hay un juego de palabras entre la tierra (adamah) y el ser humano (adam), lo cual sugiere precisamente nuestra mortalidad, como bien entenderá Pablo (1 Cor 15,45-50). En realidad, más bien habría que decir que, según el texto del Génesis, es el pecado el que causa, no la mortalidad, sino el deseo de inmortalidad (Gen 3,22). Algo que nos lleva a pensar que la muerte que entró como consecuencia del pecado no es simplemente la muerte física, sino otro tipo de muerte (Ro 5,12). Una muerte espiritual, radical y definitiva… (Ro 6,23).

Igualdad y comunidad

Hay otra característica que es necesaria para que el ser humano pueda enseñorear la creación. No basta con ser libre de las cosas. El ser humano (adam) no es solamente un individuo. Es una especie. El gobierno de la creación no es algo encargado a un emperador. Tampoco es algo que se deba adjudicar en términos de «derechos de propiedad». Toda la especie ha sido creada por Dios para gobernar su creación. Solamente cuando en el relato aparezca el pecado aparecerán las divisiones en la especie humana, y el dominio de unos por otros. El designio creador de Dios es entregar el señorío de la creación a toda la especie. Que esta especie pueda gobernar, por encargo de Dios, sobre toda la creación, requiere que los miembros de la especie humana puedan compartir su tarea con sus congéneres.

 

El ser humano es imagen de Dios. Y esta imagen de Dios no es individual, sino colectiva. La imagen de Dios encargada de gobernar la creación, es una imagen compartida.

De hecho, el ser humano tiene una característica maravillosa, que no encontramos en ningún otro ser vivo. Los seres vivos viven entre estímulos, y las cosas para ellos son meros signos para una respuesta. El ser humano, en cambio, vive en la distancia de las cosas. Ellas no son meros desencadenantes de una respuesta, sino algo radicalmente otro respecto a sus propios actos. Por eso, el ser humano puede atender a sus propios actos, y no sólo a las cosas. Y no solo podemos atender a nuestros actos. Podemos también compartirlos. A diferencia de lo que sucede en todos los seres vivos, incluyendo los demás primates superiores, el ser humano puede compartir sus actos. Podemos realizar tareas en el modo del «nosotros». Actividades en las que, aquello que hacemos, es vivido no como algo hecho por un «yo», sino algo hecho por un «nosotros».

El relato bíblico dice esto de una hermosa manera. El ser humano (adam) es imagen de Dios. Y esta imagen de Dios no es individual, sino colectiva. No olvidemos que adam no significa «hombre» en el sentido de «varón», sino hombre en el sentido de «ser humano». Esto es precisamente lo que dice el texto: «Y creó Dios al ser humano (adam) a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Gen 1:27). La imagen de Dios no es una imagen individual, sino colectiva. En la capacidad humana para compartir actos, hasta el extremo de llegar, en el amor sexual, a compartir una sola carne, se realiza la imagen de Dios. La imagen de Dios, encargada de gobernar la humanidad, es una imagen compartida.

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