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  Nº 112
Junio 2012
 
  Nueve pecados capitales de ayer, de hoy y de mañana (III)
por José Luis Suárez

1º - El pecado de la avaricia

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Sí, mire, quería una de esas hipotecas
del futuro de mis nietos.

Un deseo desordenado

La avaricia, como la lujuria y la gula, es un pecado de exceso y transgresión que representa la parte oscura de las pasiones del ser humano. Se considera un deseo desordenado. La pasión del avaro es poseer. Es un hambre de dominio, de seguridad. Es la impaciencia por tener más. Al tiempo la avaricia es un pecado contra el prójimo, al querer acumular lo que otro necesitaría.

Tomás de Aquino escribió que la avaricia es un pecado contra Dios, al igual que todos los pecados mortales, en el que el hombre deja las cosas eternas por las cosas temporales.

En el Purgatorio de Dante, los penitentes eran obligados a arrodillarse en una piedra y recitar los ejemplos de avaricia y sus virtudes opuestas.

La avaricia —vista por la Iglesia— se aplica casi siempre a la adquisición de riquezas en particular. Pero aunque es verdad que la avaricia es paralela a la historia del dinero, no sólo se refiere a los bienes materiales. No se puede limitar al dinero, ya que «avaricia» es un término que describe muchos otros ejemplos de pecados. Estos incluyen la deslealtad y la traición deliberada, especialmente para el beneficio personal. Tal es el caso de dejarse sobornar, la búsqueda y acumulación de objetos, los engaños o la manipulación de la autoridad. Todas estas acciones pueden ser inspiradas por la avaricia.

La avaricia se manifiesta de formas muy diversas: En el campo del saber, al no compartir los conocimientos. En el ámbito afectivo, al no compartir los sentimientos y mantenerse distante. En el ámbito social, en el miedo a implicarse en cosas superficiales. Y en el ámbito material, el apego excesivo a las cosas queridas. La avaricia es la pasión de acumular dinero, objetos, conocimientos, datos, información y predilección por ampliar el patrimonio intelectual.

La huida del compromiso es más que palpable en la avaricia. La persona avara se siente incómoda a la hora de asumir compromisos, porque piensa que se le pedirá aquello que tiene, y que por consiguiente empobrecerá.

La avaricia es la tendencia a confiar en sí mismo; pero peor aún es la dificultad para reconocer esta realidad, ya que el avaro difícilmente reconocerá que éste es su pecado.

La avaricia manifiesta falta de confianza

La avaricia tiene como punto de partida el miedo y la falta de confianza. Es el miedo a que falte lo necesario, por lo que la única forma de pensar en el futuro es almacenar, guardar para un mañana incierto. El avaro siente carencia, por lo que retiene lo que posee.

Es el aspecto carencial lo que lleva al avaro a coleccionar, acumular y ahorrar recursos, basándose en su sensación interna de vacío deficiente ya que considera que no tendrá suficiente. Entonces retiene todo para sí. No esta dispuesto a privarse de lo que tiene o lo que sabe, por miedo a empobrecerse. Este acumular hace que muchas veces el avaro viva en la miseria por no gastar. Es más que un vicio: es el síndrome de Diógenes, que es un trastorno de comportamiento que puede ir acompañado del abandono personal y social, por la obsesión de acumular objetos de todo tipo. El avaro no gasta. Acumula e incluso puede vivir miserablemente para conservar lo que tiene.

El deseo de acumular no es otra cosa que el miedo a la necesidad del mañana. Es falta de confianza en el futuro. Es un anhelo insatisfecho. Es una defensa ante la posible privación y un reservarse para un posible futuro mejor. Como piensa que tiene poco, trata de acumular más. El avaro no gasta. No invierte. Sólo retiene y éste es su pecado.

Tal vez sea cierto que
no me lo puedo llevar al otro mundo.
Pero me puedo llevar las claves de acceso.

La avaricia es una renuncia a la relación con los demás

La avaricia es la renuncia al amor y a las personas. Es el miedo a quedarse sin nada y tener que depender demasiado de los demás. Es entonces un miedo a ser invadido por los demás. El avaro puede convertirse en una persona aislada socialmente, al vivir intentado proteger su privacidad. Es por ello que evita los contactos en la medida que puede. Se amuralla para no ser invadido y esta amenaza puede ser su tumba; por lo que se convierte en un castillo impenetrable. La persona avara puede ser muy independiente, tomando distancia de los demás y convirtiéndose en el rico o sabio solitario.

El avaro tiende a ser muy autónomo o independiente. No necesita a nadie para vivir. Se basta a sí mismo. Sólo confía en sí mismo.

La soledad es el precio que se suele pagar por la avaricia.

Parábola sobre la avaricia. Lucas 12: 13-21

Jesús al contar esta parábola y los comentarios que hace a continuación, no da un consejo financiero. Lo que hace es explicar cómo funciona la vida siguiendo los principios del Reino de Dios.

El hombre de esta parábola parece haber llegado a la conclusión de que el mundo no le dará el amor que anhela y decide arreglárselas por su cuenta. Se distancia con el mundo y hasta cierto punto lo borra de su vida, lo olvida. Es un movimiento de alejamiento de los demás, de retirada. Es el aislamiento y la soledad porque tiene miedo a quedarse sin nada y vacío. La avaricia en el caso de este hombre no es sólo conseguir los bienes materiales, sino conservarlos y acumularlos.  Su pecado es acumular y no compartir con los demás. Su vida es una falta de esperanza y de generosidad; por lo que busca acumular para su seguridad en el mañana, anticipando el futuro y acumulando para no ser decepcionado.

Esta parábola nos habla de lo opuesto a la generosidad y a la confianza. El hombre de esta parábola con su manera de entender la vida («mis cosechas, mis graneros, todo mi grano, todos mis bienes, mi alma»), tiene tres componentes: El primero, es que considera que todo lo que tiene se debe a su propio esfuerzo. El segundo es que no encontramos ningún ser humano cerca de él ya que en la parábola no se menciona ninguna otra persona. Esto es la consecuencia lógica de su forma de vivir egoísta y la soledad absoluta en la que vive. El tercer componente de esta historia, es que no había previsto que tenía todo menos el control de su propia vida.

Este hombre no es capaz de disfrutar de lo que tiene ni de compartirlo. Se olvida de lo más esencial en la vida que es vivir disfrutando y compartiendo lo que se tiene con los demás, confiando en la providencia divina para el futuro.

El rasgo más llamativo de este hombre no es sólo la simple acumulación sino su carácter insolidario. Su vida es un fracaso relacional al negar al otro aquello que tiene de más, que le sobra y que no necesita.

La respuesta de Jesús a la avaricia es la confianza. Lucas 12: 22-34

Jesús propone a sus seguidores que el Padre Dios conoce todas sus necesidades, por lo que nuestra actitud no debe ser otra que la confianza, incluso cuando los acontecimientos del momento nos defrauden o sean dolorosos. La confianza básica en el Padre es lo que nos permite saber que nuestras necesidades serán satisfechas, incluso muchas veces independientemente de nuestros actos. Cuando funcionamos a partir de esta confianza básica en el Padre Dios, vivimos y actuamos sabiendo que tenemos los recursos internos para afrontar todo aquello que la vida nos presente y que en última instancia no somos dejados a nuestra suerte, porque la escasez no es la piedra angular de la vida.

La generosidad de Dios siempre está presente en la vida del ser humano pero no cabe en una persona que sólo está llena de sí misma.

La confianza se manifiesta en el modo en que vivimos, cómo nos comportamos y cómo nos relacionamos con nuestra vida y con el universo en general.

Para poder ir más lejos

«La verdadera generosidad para con el futuro consiste en entregarlo todo al presente» (Albert Camus).

«Lo que posees, te posee» (Nietzsche ).

Fábula de Esopo: El avaro y el oro

Un avaro convirtió en dinero toda su hacienda y lo invirtió en un lingote de oro. Lo escondió en una pared y se pasaba la vida yendo continuamente a vigilarlo.

Uno de los obreros del lugar observó sus idas y venidas y sospechó la verdad, salió y le quitó el tesoro. El avaro cuando encontró vacío el escondrijo, lloraba y se mesaba los cabellos. Alguien que le vio dolerse tanto y que sabía la razón de su desesperación le dijo:

—No te aflijas compañero, coge una piedra, ponla en el mismo sitio que el tesoro y piensa que allí tienes el tesoro, porque cuando lo tenías no te serviste de él.

Testimonio de un avaro anónimo

He temido siempre quedarme sin nada: temeroso de la precariedad de mis recursos, me ha costado invertir en mis capacidades, he desconfiado de mí y de los demás. Eso me ha dejado en el filo del vivir, una vida por vivir.


Los chistes se han copiado (no estaban protegidos) de la web de humor de la revista The New Yorker. El primero es por Lee Lorenz; el segundo, por Donald Reilly.

 
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