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Terror según quién
Dionisio Byler

Estos días, cuando la preparación del presente número de El Mensajero, toda la prensa y los medios de comunicación están conmocionados con los atentados yijadistas en París. El año había empezado de la misma manera en la misma ciudad, con el atentado contra una revista francesa de humor irreverente.

Quien escribe estas líneas no estoy, desde luego, capacitado para un análisis político. A lo único que puedo aspirar es a intentar, dentro de mis limitaciones, ser fiel al espíritu de Cristo en todas las circunstancias de mi vida y de la sociedad en que vivo. Procuro entonces que mi reflexión sea humana, en el sentido de que intento verme como parte de la humanidad entera. Esa humanidad que Dios ama y por la que Jesús murió —sin distinciones de raza y nacionalidad, ni siquiera de cultura ni de religión. Desde esa perspectiva, me resulta curioso el filtro con que unos actos se tachan de terrorismo y otros no; o que admitiendo que diferentes actos puedan calificarse propiamente también como terrorismo, sin embargo unos provocan alarma y rechazo en un grado muchísimo más encendido que otros.

Supongo que es natural que un atentado en París —como también sucedió en todo el mundo cuando el atentado yijadista en la estación de Atocha en Madrid— se nos antoje un ataque contra los valores occidentales y nuestro estilo de vida. Es fácil imaginar que uno mismo, o sus seres queridos, bien podría haber sido víctima de ese atentado o puede venir a ser víctima del siguiente.

En cualquier caso, los atentados en París no son más terrorismo que la muerte que llueve desde el cielo en lugares como Afganistán, Siria, Irak o Yemen. Con aviones tripulados, pero cada vez más con drones —esos robots asesinos teledirigidos que están adoptando nuestros políticos y militares occidentales— ha caído desde el cielo muerte en alguna boda, sobre un hospital de Médicos Sin Fronteras, en los lugares y en las ocasiones menos imaginables.

«Daño colateral» es el término que se emplea para decir que aunque es verdad que los occidentales hemos matado a civiles, a niños y otros que nada tenían que ver con el yijadismo, por lo menos fue sin querer —como si eso nos eximiera de culpa. Aunque esto provoca un profundo rechazo moral en toda persona de bien, sin embargo por cuanto sucede en aquellas latitudes y a aquellas gentes, el impacto en nosotros no es el mismo que cuando mueren civiles en París que tampoco tenían nada que ver.

La definición de terrorismo es que busca someter a toda la población a una condición de miedo, donde nadie se sienta seguro. Con esto se procura avanzar determinadas metas que quien recurre al terror considera justas y loables. No entiendo qué distinción puede haber entre el terror a que están sometidos las gentes del Oriente Medio, y el terror que sienten hoy los parisinos. No entiendo que la indignación y la reacción de odio y venganza de éstos, sea más lógica que la indignación y la reacción de odio y venganza de aquellos. Si en Europa sentimos que sufren ataque nuestros valores y nuestra civilización, esto es exactamente lo que sienten aquellos pueblos también.

Ya lo he dicho: Ni me siento capacitado de un análisis político, ni tampoco soy quién para proponer alternativas políticas en la presente situación mundial.

Lo único que puedo ofrecer es el propósito, como seguidor de Jesús, de ver a todo ser humano como mi prójimo, como mi hermano o hermana. Considerar, con Jesús, que todos somos pecadores y hacemos mal a otros a la vez que somos víctimas del mal. Y reflexionar que Jesús vino al mundo para ofrecernos una alternativa real a esta terrible condición humana: la alternativa de amar como Dios ama, perdonar como Dios perdona y esperar y confiar en Dios en lugar de esperar y confiar en nuestra capacidad de vengarnos y hacer sufrir.

Entiendo que nuestros medios de comunicación se conmuevan mucho más encendidamente por los atentados en París, que con la muerte que llueve desde el cielo todos los días en el Oriente Medio. Al fin y al cabo lo de París es noticia. Lo de los drones asesinos y los aviones asesinos tripulados en el Oriente Medio ya no es noticia, porque pasa todos los días. Ya no nos escandaliza, porque ya no nos sorprende.

Pero el resultado de una cosa y la otra es terror. El resultado de una cosa y la otra es que la gente se sienta insegura, sienta que han perdido la capacidad de proteger a sus seres queridos que dependen de ellos.

La respuesta a esto no creo que pueda ser ni militar ni política. Al final, va a tener que ser espiritual. El mundo necesita oír otra vez el viejo mensaje que anunció Jesús ya hace dos mil años, en tiempos del régimen de terrorismo estatal que hoy recordamos como Imperio Romano. El mensaje que preanunciaron unos ángeles del cielo a los pastores de Belén:

¡Gloria a Dios en los cielos! Y en la tierra, ¡Paz a los hombres de buena voluntad!

La batalla más importante es la que está sucediendo aquí dentro, en nuestros corazones. La batalla por ver de igual manera a todo ser humano y considerar con igual indignación todas las muertes que está provocando el presente conflicto. ¡Dios nos libre de la ira y el odio que amenaza con corromper nuestros corazones!