Mártires anabaptistas
Salzburgo, Austria, 1528. Dieciocho anabaptistas arden en la hoguera.
Grabado de Jan Luiken (1685).

Archivo histórico
Los anabaptistas y la libertad de religión
de Walter Klaassen (editor), Anabaptism in Outline [1]

Los anabaptistas del siglo XVI se merecen un lugar de honor en la historia de la libertad de religión, aunque no la consiguieron. En aquel siglo no existió tolerancia religiosa, ni qué hablar de libertad de religión. Los reformadores protestantes la condenaron como una invitación al caos social. Los gobernantes la rechazaron alegando que degeneraría en deslealtad política. Cuando por fin llegó la libertad de religión, fue en Inglaterra en el siglo XVII y en Francia en el siglo XVIII. De allí llegó a América. Sin embargo los anabaptistas se contaron entre los pioneros que primero concibieron la idea, dando expresión a sus convicciones en diferentes apelaciones a las autoridades eclesiales y estatales, donde rogaban que se les concediera libertad de fe.

Baltasar Hubmaier, «Sobre los herejes y los que los queman» (año 1524).

Los que matan a los herejes son los peores herejes por cuanto, al contrario de la enseñanza y práctica de Cristo, condenan a los herejes a la hoguera. Arrancan la mies prematuramente, destruyendo el trigo junto con la cizaña […] Es imposible convencer ni a turcos ni a herejes mediante la espada y el fuego, aunque tal vez se consiga con paciencia y oración; así que lo que corresponde es esperar pacientemente el juicio de Dios […] No sirve para nada la excusa que ponen, de que entregan al pecador al poder terrenal; porque quien los entrega así comete mayor pecado (Jn 19) […] Quemar herejes es aparentar reconocer a Cristo, pero negarlo en realidad […] Ahora, entonces, sea evidente esta afirmación ante todo el mundo, que lo vean hasta los ciegos: «El hereje» es un invento del diablo.

Hans Denck, «Comentario sobre Miqueas» (año 1527).

Esta seguridad personal existiría también en las cosas externas, con la práctica del evangelio verdadero que permitiera al prójimo desplazarse y vivir en paz —sea turco o pagano, crea lo que crea— por toda esta tierra, sin someterlo a juicio sobre cuestiones de fe. ¿Acaso se puede desear otra cosa? Me mantengo firme en lo que dice aquí el profeta. Que todo el mundo entre todos los pueblos, pueda ir por ahí en el nombre de su propio dios. Es decir, que nadie condicione al prójimo —sea pagano o judío o cristiano— sino al contrario, que permita que todo el mundo se desplace por cualquier territorio en el nombre de su propio dios. Así nos beneficiaríamos de esa paz que concede Dios.

Hans Müller, «Carta al Concejo de Zúrich» (año 1530).

La gracia salvadora de Dios sea con vosotros, honorables y estimados señores, y la paz interior de Jesucristo sea con todos los hijos de Dios en el Señor. Amén.

Honorables, estimados señores, os ruego muy amigablemente que tengáis compasión paternal para conmigo, como un padre con sus hijos. Por favor no me carguéis la conciencia por cuanto la fe es un don dado libremente por Dios. Su fuente no está en quien lo elige ni en quien corre la carrera, sino en Dios misericordioso. No todos son capaces de creer como dice la Escritura, por cuanto esto no viene de voluntad de la carne sino tiene que nacer de Dios. Son hijos de Dios los que impulsa el Espíritu Santo […] Otra vez, nadie viene a mí a no ser que el Padre lo atraiga hacia mí. Toda buena dádiva viene de arriba, del Padre de las luces. Los misterios de Dios están escondidos y son como un tesoro en el campo que nadie puede encontrar a no ser que el Espíritu del Señor se lo muestre.

Así que os ruego a vosotros, siervos de Dios, que me concedáis mi libertad para la fe. El Señor dice: «Sin mí nada podéis hacer». Si yo estoy equivocado, entonces ruego a Dios que me dé el espíritu de entendimiento para reconocer el mal y escoger el bien. Porque dice: «Todo aquel que viene a mí, yo no lo echaré fuera» […] Tened compasión de mis cuatro hijos pequeños y permitidme regresad a casa por algún tiempo. Como queréis que los hombres hagan con vosotros, así debéis hacer también con ellos.

Kilian Aurbacher, Hulshof (año 1534).

Nunca está bien obligar a nadie en cuestiones de la fe, no importa lo que crea, sea judío o turco. Aunque uno no crea la verdad ni quiera creerla, es decir, si no tiene ni desea tener el entendimiento correcto de la salvación, ni confía en Dios ni se somete a él, sino que confía en el ser creado y lo ama, cargará con su propia culpa; nadie será juzgado en su lugar […] Y así nos conducimos conforme al ejemplo de Cristo y los apóstoles y proclamamos el evangelio conforme a la gracia que él nos ha encomendado; no obligamos a nadie. Pero quien esté dispuesto y preparado, que lo siga, como muestra Lucas en Hechos. Se trata entonces de una verdad abierta, por cuanto el pueblo de Cristo es un pueblo libre, no forzado, no obligado, no por imposición, que recibe a Cristo porque lo desea y con el corazón deseoso. Esto mismo lo atestiguan las Escrituras.

Menno Simons, «Fundamento» (año 1539).

Por consiguiente os rogamos y amonestamos; sí, os aconsejamos e imploramos, que contrastéis nuestro deseo y el vuestro, nuestro espíritu y el vuestro, nuestra doctrina y la de los instruidos, nuestra conducta y la vuestra, nuestra pobreza y vuestra abundancia, nuestra desgracia y reprobación y vuestra ambición egoísta, nuestras aflicciones y dolor y vuestra comodidad y vida lujosa, nuestra paciencia y vuestra tiranía, nuestras crueles cadenas y muerte vergonzosa y vuestra furia sin cuartel y crueldad feroz […] Entonces, si fuerais a descubrir que vuestra doctrina, fe, vida, ambición y conducta está en armonía con el Espíritu, la Palabra y la vida del Señor y es superior a la nuestra, instruidnos con un espíritu paternal. Anhelamos muy ardientemente adorar y obedecer; por cuanto deseamos someternos a la verdad hasta la muerte.

Pero si no nos podéis reprender con referencia a la Escritura, y si llegarais a reconocer que nuestra doctrina y conducta son mejores, ¿entonces acaso no sería propio de paganos, sí, impiedad y tiranía, reconducirnos de la vida a la muerte, del cielo al infierno, con la espada y con violencia? Esto es lo que tendréis que reconocer y confesar. Pero estas cotas de decencia mucho me temo que no veremos nosotros, unos hijos desgraciados: que se sopesara la cuestión en la báscula de la Santa Palabra, que se midiera conforme a la medida de Cristo.

Dirk Philips, «La iglesia de Dios» (año 1562)

Los cristianos de verdad han de ser perseguidos en esta tierra por causa de la verdad y la justicia, pero jamás perseguirán a nadie por su fe. Porque Cristo envía sus discípulos como ovejas entre lobos (Mt 10,16). Sin embargo, no son las ovejas las que se comen a los lobos, sino los lobos a las ovejas. Los que persiguen a otros por su fe ya no pueden contarse dentro de la iglesia del Señor.

En primer lugar, Dios, el Padre celestial, ha entregado todo juicio a Cristo (Jn 5,22), para que sea Juez sobre las almas y conciencias de los hombres, para que gobierne a su iglesia con el cetro de su Palabra para siempre (Lc 2,29).

En segundo lugar, corresponde al Espíritu Santo reprender el mundo de pecado e infidelidad (Jn 16,8). Ahora bien, es evidente que el Espíritu Santo, al llevar cabo esta reprensión mediante los apóstoles y todos los testigos fieles de la verdad, no empleó en ello la violencia ni la espada material, sino que lo hizo por la Palabra de Dios y con poder.

En tercer lugar, el Señor Jesucristo dio a su iglesia el poder y estableció la regla de separar de la misma, evitar y apartarse de los falsos hermanos, personas de conducta desordenada o desobediente, los porfiados y los herejes, sí, todos en la iglesia que sean hallados malvados, como ya se ha dicho (Ro 16,16; 1 Co 5,10; 1 Ts 5,15; Tit 3,19). Cualquier medida más allá de esta misma, ya no es ni cristiana ni evangélica ni apostólica.

En cuarto lugar, la parábola del Señor en el evangelio nos demuestra claramente que él no permite que sus siervos arranquen las malas hierbas, no sea que también arranquen el trigo. Han de dejar crecer juntos el trigo y las malas hierbas en este mundo, hasta que el Señor ordene que sus segadores —es decir, sus ángeles— recojan el trigo a su granero y echen las malas hierbas al fuego (Mt 24,29).

Por consiguiente, es evidente que ninguna iglesia ha de ejercer dominio sobre las conciencias de los hombres con la espada carnal, ni procurar con violencia obligar a los incrédulos a creer, ni matar falsos profetas con espada y con fuego. Es con la Palabra de Dios que ha de juzgar y expulsar a los que estando en la iglesia, se descubre que son malvados. Cualquier cosa que se haga más allá de solamente esto, ya no es ni cristiano ni evangélico ni apostólico.


1. Extraído de las pp. 290-298. El libro entero (Herald Press, 1981) ha sido traducido como Selecciones Teológicas Anabautistas (Scottdale y Kitchener: Herald, 1985), trad. C. Arnold Snyder. La traducción aquí es propia, del inglés, para El Mensajero.